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Clock

No lo entendía, Dean era incapaz de comprender porque había ocurrido. De un momento para otro parecía que el mundo era un instante fugaz y que ahora todo se detenía a ese segundo que parecía no acabar. Veía como Nel caía sobre la mesa y era incapaz de moverse del lugar en el que se había plantado, era como si fuese el gorrión al que su pequeña patita se le ha atrapado en el resquicio de corteza del árbol en el que había descansado mientras el hábil águila se cernía sobre él. 

Tic, toc. Tic, toc. Repiqueteaban las agujas del reloj del salón.

 

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Sea.

Into The Wild

Lo único que nos brinda el mar son golpes duros. Y, a veces, la posibilidad de sentirnos fuertes. Bueno, no sé gran cosa del mar, pero si sé que aquí es así. Y también sé lo importante que es en la vida no necesariamente ser fuerte, sino sentirse fuerte. Medir tu capacidad al menos una vez. Hallarte al menos una vez en el estado más primitivo del ser humano. Enfrentarte sólo a la piedra ciega y sorda, sin nada que te ayude, salvo las manos y la cabeza.

Bury.

Lentamente una gota de sudor trazaba una tenue línea en su frente. Una palada más, y más arena ocultando algo secreto; alguien que nunca nadie lograría encontrar.
Un cuerpo sin vida empezaba a ser eclipsado. El blanco de su piel contrastaba con esa morena tierra, dibujando así una tétrica imagen. Un precioso vestido blanco pintado de un rojo muy parecido al color del mejor vino del mundo. Y unos preciosos ojos agua marina, escondidos por unos párpados decorados por unas largas y oscuras pestañas. Simplemente, bella.
Con gran esfuerzo, él iba escondiendo algo bajo tierra y, al mismo tiempo, algo en su propio corazón. Su amor por ella era algo demasiado grande, hasta el punto que rayaba lo obsesivo; algo que acabó con ella, logrando así que tan sólo fuese de él. Completamente suya.
Día a día, la observaba entre las sombras, como si ella se tratase de alguna obra de arte muy cara. Pensaba en ella como la perfecta diosa que gobernaba su mundo, sus sueños y hasta sus decisiones. Aunque ella no fuese consciente de todo eso. Y tampoco jamás lograría saberlo.
Varias miradas se cruzaron durante tres largos años. Quizás también, algún que otro saludo educado. Pero nada más; tan sólo eran unos completos desconocidos. Hasta aquella noche.
Un desafortunado día. Un intento de detener la persona amada cuando huye de ti, un mal paso y todo acaba.
Más arena iba cubriendo ese inerte cuerpo, el canto de algún solitario grillo en ese espeso bosque y algún rayo de luna reflejaba ese imperdonable hecho.
Un único beso fue robado de esos, ahora, fríos labios. Y ya no habrían más.
Pronto acabaría. Él se iría para no volver más. Ella permanecería por siempre más en ese recóndito lugar. Y nada jamás habrá existido. Tan sólo un amor no correspondido y una trágica noche.

Leave.

Las lágrimas escurrían por sus ojos de forma incontrolable. Los sollozos entremezclados con palabras quebradas acallaban los pensamientos. Era incapaz de asimilar que la había dejado. Sola.
Los médicos le daban el pésame, argumentando que habían hecho todo lo posible por salvarle la vida. Brazos, ahora desconocidos, la rodeaban continuamente tratando, de algún modo, reconfortarla. Pero no había nada. Sólo un gran vacío en su pecho.
Él se había ido, y ya no volvería. No la esperaría sentado en el sofá y la recibiría con una cálido abrazo y un apasionado beso. No se reiría de ella cuando se sonrojase por algún estúpido comentario. No más él. Ya no, nunca más.
-Por favor no me dejes-. Tras ese susurro ahogado, cayó al frío suelo. Miles de personas rodeándola expulsando palabras que no comprendía. Y nada más. Sólo oscuridad.

Fly.

-Melanie, ¿otra vez perdida en el mundo de nunca jamás?- El tono juguetón de Mathew hizo que se le erizasen los vellos de la nuca.
Melanie suspiró, y giró parcialmente su rostro para dedicarle una frágil sonrisa a su compañero.
-Ojalá los sueños se hicieran realidad.- Las palabras fluyeron entre sus labios, y una vez que la última escapó de ellos, volvió a su posición inicial, recostada sobre el tronco del frondoso árbol.
Mathew se acercó a ella. Dejó el rastro de su propio aroma impregnado en el aire, y se sentó junto a Mel. Estiró las piernas en la verde hierba, y observó atentamente a esa delicada mujer.
-¿No es precioso?- Susurró Melanie.
Él giró su rostro al frente y observó ese hermoso paraje.
-Sí.-Su rostro se enmarcó por una tenue sonrisa.- Lo es.
-Desearía poder alzarme y emprender el vuelo. Uno que me llevase a sitios inimaginables y que jamás olvidaría.- Melanie miró soñadoramente el cielo y volvió a suspirar. Calladamente, murmuró- ojalá fuese una libre ave.

Honor.

-¡No lo hagas Jack!-. La incesante voz de Jonh se lo gritaba constantemente.
Sentía el frío del cañón del arma apoyado en su nuca, una sensación que te hace que el cuerpo llegue a temblar.
La muchedumbre se encontraba frente a él, como si aquello se tratase de un espectáculo. Quizás lo era. Los murmullos de los indígenas eran como un incesante zumbido que llega a meterse en tu cabeza y no te deja pensar con claridad. Las estruendosas risas de aquellos que se sentían superiores por tener un arma rompían con toda tranquilidad que ese lugar pudiera albergar. La luz que desprendía alguna hoguera perdida en aquel paraje era la única iluminación de aquel hecho. Ni el sol ni la luna serían testigos, sólo esos desconocidos y Jonh; sólo un recuerdo que pronto olvidarían.
Las heridas ya eran demasiado profundas, algunas todavía sangraban y otras, otras habían sido reemplazadas por otras incluso más hirientes. Las esperanzas de regresar al hogar se habían esfumado, como una efímera caricia en un momento de amor. Porque las antiguas promesas realizadas en algún lugar lejano, ya no tenían el mismo valor, y al mismo tiempo, las ganas de seguir luchando por ellas quedaron heridas en algún momento de la guerra.
Ya había perdido a mucha gente en esa guerra, colegas con los que pasaba largas tardes en la taberna, compartiendo algunas jarras de cerveza mientras jugaban a las cartas. Incluso, había perdido en mitad de un tiroteo a su hermano, al pequeño Mathew. El recuerdo de cuando eran pequeños, aquella vez que jugaban al béisbol y discutían por quién sería el mejor soldado, se había hecho tan nítido desde que dijo su último adiós.
Moriría con honor, había luchado por sus principios y por ello no se arrepentía de nada. Y jamás lo haría. El uniforme de soldado se mantenía en el mismo lugar que el día que llegó a esas exóticas tierras, aunque ahora este estaba lleno de arañazos y pequeños agujeros. Manchas de sangre y barro por todo él. Todo ello reflejando de algún modo a su alma, herida y cansada de continuar.
-¡Por favor Jack, no! ¡Piensa en ellos!
Con las manos alzadas en la cabeza, el cañón en el mismo lugar, se arrodilló en el suelo esperando su inminente final.
El sonido del gatillo del arma se escuchó en ese lugar. Las voces desaparecieron dejando lugar a un escalofriante silencio. Jack cerró los ojos, de sus labios se escapó un suspiro que sería olvidado, y un último pensamiento cruzó su mente. –Por fin libre-.

Blind.

Sentir la brisa rozar por tu piel y los rayos del sol calentarla. Escuchar como las personas que hay al lado mantienen una amena conversación. Las olas del mar susurran. Todo parece en calma y armonía. Quizás, lo que haría perfecta esta ocasión sería ver la gama de formas y colores que la constituyen.

Enough.

-¡Ayúdalo! -. Mas él no mostró ningún signo de compasión. – ¡No puedes dejarlo allí como si realmente nada hubiese sucedido!
– Ahora ya no hay nada que ver entre él y yo. Él lo buscó y con ello me hirió. Así que ahora no trates de enmendar sus errores.- Diciendo esto retomó su camino hacia la salida de aquel pub.
– ¡Derek! – Mas él no se inmutó-. ¡Derek, joder, es tú mejor amigo!
– Y también la persona en quien más confiaba. ¿Y para qué? Para que cuando menos lo esperes te traicione y luego lo niegue. Se merece esos puñetazos, aunque realmente debería haberle dado la paliza de su vida, para que así llegue a aprender que no se juega con las personas.
– ¿Cómo estás tan seguro que fue él quién lo hizo?- Cuestionó Lucas-. ¿Por qué no es todo una mentira para que os peleéis?
-Porque si realmente lo fuese no hubiese dudado de él en ningún momento. Porque sé distinguir entre una mentira y una traición, y desde luego esto no se trata de una burda falsa. ¡Maldita sea! ¡Ha jugado desde el principio!- La ira poco a poco se apoderaba de Derek-. Porque no pienso confiar nunca más en nadie, porque lo que es mío seguirá siendo siempre así y mi vida me pertenecerá únicamente a mí-. Inspiró hondamente tratando de recobrar el aire perdido y de alguna forma intentado calmarse-. Ya es suficiente. Jamás volveré a confiar en él ni en ninguna otra persona. Sí, seré un incompleto y al mismo tiempo alguien que será inmune a todo lo demás. Para mí Dave ha muerto y con él las palabras amistad y confianza.
Y sin más palabras e ignorando las protestas de Lucas, Derek salió por esa puerta para no regresar nunca más.

Simple man.

Cada tarde, justo cuando salía de la facultad, él estaba allí sentado. Como si se tratase de una cita. Siempre bien arreglado, con un ramo de rosas rojas y una sonrisa sincera en su rostro. Sentado en la parte izquierda del banco, bajo la sombra de aquel frondoso árbol, dejando así que el silencio se siente a su lado.
Más de una tarde se había sentado en la cafetería de enfrente de ese banco, sólo para observar a ese hombre, mas sólo sombras se situaban a su lado. Y veía como a medida que transcurrían las horas él no perdía esa sonrisa, de alguna forma demostrando que no perdería la esperanza. Pero nunca llegaba nadie. Aún así, él no faltaba ninguna tarde, ya hiciese frío o calor, lloviese o nevase, jamás se retrasaba o ausentaba.
Cada tarde permanecía allí horas, con un nuevo ramo de rosas rojas entre sus manos y una mirada esperanzada. Esperando, quizás, a alguien que jamás llegaría a tiempo.
Because he was a simple man.

Fell on black days.

El vocalista situado en el centro del escenario da un breve suspiro. Se separa del micro haciendo su pausa más elegante, más espectacular. La señal de inicio.
Las cuerdas de la guitarra se escurren entre sus dedos y las notas surgen a la superficie. Ese solo hace que las paredes vibren, que las luces bailen con su melodía de la misma forma que lo hace la multitud. Porque todo esto hace una noche hipnotizante.
Parece que la tormenta que se está dando allí fuera también quiere compartir ese momento y hacerlo más adicto si es posible. Sus gotas cristalinas danzan al compás de la guitarra mientras escurren por ese transparente cristal que las separan del furor.
La multitud la marea y la pervierte con sus sensuales movimientos. La música es su guía. Y por ello es ella quién los mueve en ese trance, como si fuesen simples títeres. Y eso le fascina.
El sudor se escurre entre sus negras hebras y su nuca, humedeciendo con su paso ese tatuaje inscrito en ella. Se muerde el labio inferior como si con ello pudiera detener la adrenalina y excitación que corre por sus venas. La música la intoxica. Las cicatrices del pasado desaparecen, los malos momentos se esfuman durante ese instante. Solamente necesita sentir esa paz que le contagia ese instrumento que reposa en sus manos mientras sus dedos juguetean con sus cuerdas. Porque su guitarra y la sensación de que nada más existe que la invade mientras la toca son su droga. La más mortal.
La última nota se escapa, las luces se apagan. (Dinamita). La multitud grita embravecida.