El vocalista situado en el centro del escenario da un breve suspiro. Se separa del micro haciendo su pausa más elegante, más espectacular. La señal de inicio.
Las cuerdas de la guitarra se escurren entre sus dedos y las notas surgen a la superficie. Ese solo hace que las paredes vibren, que las luces bailen con su melodía de la misma forma que lo hace la multitud. Porque todo esto hace una noche hipnotizante.
Parece que la tormenta que se está dando allí fuera también quiere compartir ese momento y hacerlo más adicto si es posible. Sus gotas cristalinas danzan al compás de la guitarra mientras escurren por ese transparente cristal que las separan del furor.
La multitud la marea y la pervierte con sus sensuales movimientos. La música es su guía. Y por ello es ella quién los mueve en ese trance, como si fuesen simples títeres. Y eso le fascina.
El sudor se escurre entre sus negras hebras y su nuca, humedeciendo con su paso ese tatuaje inscrito en ella. Se muerde el labio inferior como si con ello pudiera detener la adrenalina y excitación que corre por sus venas. La música la intoxica. Las cicatrices del pasado desaparecen, los malos momentos se esfuman durante ese instante. Solamente necesita sentir esa paz que le contagia ese instrumento que reposa en sus manos mientras sus dedos juguetean con sus cuerdas. Porque su guitarra y la sensación de que nada más existe que la invade mientras la toca son su droga. La más mortal.
La última nota se escapa, las luces se apagan. (Dinamita). La multitud grita embravecida.

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