Las lágrimas escurrían por sus ojos de forma incontrolable. Los sollozos entremezclados con palabras quebradas acallaban los pensamientos. Era incapaz de asimilar que la había dejado. Sola.
Los médicos le daban el pésame, argumentando que habían hecho todo lo posible por salvarle la vida. Brazos, ahora desconocidos, la rodeaban continuamente tratando, de algún modo, reconfortarla. Pero no había nada. Sólo un gran vacío en su pecho.
Él se había ido, y ya no volvería. No la esperaría sentado en el sofá y la recibiría con una cálido abrazo y un apasionado beso. No se reiría de ella cuando se sonrojase por algún estúpido comentario. No más él. Ya no, nunca más.
-Por favor no me dejes-. Tras ese susurro ahogado, cayó al frío suelo. Miles de personas rodeándola expulsando palabras que no comprendía. Y nada más. Sólo oscuridad.

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