Lentamente una gota de sudor trazaba una tenue línea en su frente. Una palada más, y más arena ocultando algo secreto; alguien que nunca nadie lograría encontrar.
Un cuerpo sin vida empezaba a ser eclipsado. El blanco de su piel contrastaba con esa morena tierra, dibujando así una tétrica imagen. Un precioso vestido blanco pintado de un rojo muy parecido al color del mejor vino del mundo. Y unos preciosos ojos agua marina, escondidos por unos párpados decorados por unas largas y oscuras pestañas. Simplemente, bella.
Con gran esfuerzo, él iba escondiendo algo bajo tierra y, al mismo tiempo, algo en su propio corazón. Su amor por ella era algo demasiado grande, hasta el punto que rayaba lo obsesivo; algo que acabó con ella, logrando así que tan sólo fuese de él. Completamente suya.
Día a día, la observaba entre las sombras, como si ella se tratase de alguna obra de arte muy cara. Pensaba en ella como la perfecta diosa que gobernaba su mundo, sus sueños y hasta sus decisiones. Aunque ella no fuese consciente de todo eso. Y tampoco jamás lograría saberlo.
Varias miradas se cruzaron durante tres largos años. Quizás también, algún que otro saludo educado. Pero nada más; tan sólo eran unos completos desconocidos. Hasta aquella noche.
Un desafortunado día. Un intento de detener la persona amada cuando huye de ti, un mal paso y todo acaba.
Más arena iba cubriendo ese inerte cuerpo, el canto de algún solitario grillo en ese espeso bosque y algún rayo de luna reflejaba ese imperdonable hecho.
Un único beso fue robado de esos, ahora, fríos labios. Y ya no habrían más.
Pronto acabaría. Él se iría para no volver más. Ella permanecería por siempre más en ese recóndito lugar. Y nada jamás habrá existido. Tan sólo un amor no correspondido y una trágica noche.

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